🎥 Crónica del hampa (II): El nacimiento del mito en el cine

La semana pasada, explicamos brevemente como surgen los gánsteres en la realidad, que motivó su auge y su caída. También vimos algunas obras literarias sobre esta figura. Obras nacidas en las revistas pulp que reflejaban la realidad de ciudades como Chicago, San Francisco o Nueva York de los años 20-30: la ley seca, la violencia, la corrupción, y la figura del gánster en el centro.
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Hoy, analizamos la figura del gánster en el cine.

Hollywood, que siempre ha tenido un olfato infalible para lo que le interesa al público, vio en los titulares de los "tabloides" de la época y en las historias pulp, una mina de oro. El cine de gánsteres era el reflejo de una realidad que estaba ocurriendo en la calle, donde los espectadores veían su propia frustración y sus sueños de éxito rápido en un país que se caía a pedazos.

Los precursores (1927-1930)

Cine Mudo
Durante las primeras décadas del siglo XX, el cine era un lenguaje de mímica y poesía visual. En las salas, el silencio solo se rompía por el piano que acompañaba las peripecias de Charles Chaplin o las asombrosas acrobacias de Buster Keaton. Era un cine de éxito masivo que buscaba la belleza en el gesto y la grandiosidad en las historias épicas.

Sin embargo, entre esas luces y sombras, el germen del cine negro ya estaba empezando a brotar. El gran visionario de esta etapa fue Josef von Sternberg, quien en 1927 rodó La ley del hampa (Underworld). Sternberg, que traía consigo la influencia del expresionismo alemán, decidió que el mundo del crimen merecía una estética propia. Sin diálogos, utilizando únicamente la iluminación y el humo, creó una atmósfera de claroscuros donde los gánsteres no eran simples matones, sino figuras trágicas envueltas en un aire de fatalidad. Fue la primera vez que el hampa tuvo estilo.
El nacimiento del sonoro
Con el cambio de década, el cine se enfrentó a su mayor revolución: el sonido. Aunque hoy nos parezca natural, en aquel entonces fue un terremoto que acabó con carreras y encumbró a nuevos ídolos. En 1930, un joven John Ford —antes de convertirse en el gran maestro del western— y Andrew Bennison se adentran en este nuevo territorio con El intrépido (Born Reckless). Aquí ya no hay mímica; hay tipos duros que hablan. Utilizando el sonido para dar carisma a su delincuente protagonista, demostrando que el público estaba hambriento de personajes que tuvieran el ritmo y la voz de la calle.
Pero, ¿qué iba a ver la gente al cine en esos primeros años 30? Mientras el país se hundía en la Gran Depresión, las salas se convirtieron en templos de evasión. Los grandes taquillazos eran los musicales de Busby Berkeley, con sus coreografías de ensueño que hacían olvidar el hambre, y el terror clásico de la Universal, que con Drácula y Frankenstein permitía a los espectadores sustituir sus miedos reales por monstruos de ficción.

En medio de ese panorama de evasión, surgió una necesidad comercial que cambiaría el género para siempre: la Double Feature o sesión doble. Para atraer a un público que apenas tenía unos centavos, los cines ofrecían dos películas por el precio de una. La "Película A" era la gran producción, luminosa y cara. Pero para completar la sesión, los estudios necesitaban la Serie B: películas baratas, rodadas en tiempo récord y con escenarios reciclados.

El cine de gánsteres fue el rey absoluto de esta Serie B. Los directores descubrieron que para hacer una buena historia criminal no necesitaban grandes presupuestos; les bastaba con un callejón, un coche negro, un poco de lluvia artificial y, sobre todo, el sonido. El rugido de las metralletas Thompson, el chirrido de los neumáticos en las huidas y el argot callejero de los protagonistas se convirtieron en el alma de estas películas "menores" que, paradójicamente, tenían mucha más verdad que las grandes superproducciones. El sonido no solo trajo las palabras; trajo la violencia real y el pulso de una sociedad que se caía a pedazos, convirtiendo el cine de gánsteres en el género más vibrante y peligroso de su tiempo.

La consagración del mito (1930-1932)

Si el cine negro clásico tiene un acta de nacimiento, esta se redactó entre 1930 y 1932 con tres películas que cayeron sobre el público como ráfagas de ametralladora. Fue un bienio prodigioso en el que tres directores y tres actores, casi sin saberlo, esculpieron en celuloide el prototipo del criminal moderno. Ya no eran los villanos acartonados del cine mudo; eran hombres de carne y hueso con ambición desmedida que hablaban el lenguaje del asfalto.

La mecha la prendió Mervyn LeRoy con Hampa dorada (Little Caesar, 1931). Aquí descubrimos a un actor que no encajaba en los cánones de belleza de la época: Edward G. Robinson. Bajito, con facciones duras y una voz que parecía masticar grava, Robinson dio vida a Rico Bandello, un delincuente de poca monta que escala en el escalafón criminal por pura voluntad de poder. Rico es el gánster como animal político, alguien que busca el respeto por encima del dinero. La película es un estudio sobre la soledad del mando, y nos dejó esta anécdota: Al parecer, Robinson tenía tal fobia a los ruidos fuertes que, durante los tiroteos, le tenían que pegar los párpados con cinta para que no parpadeara al sonar los disparos.
Apenas unos meses después, la Warner Bros redobló la apuesta con El enemigo público (1931), dirigida por William A. Wellman. Protagonizada por un joven James Cagney, que venía de los escenarios de vodevil. Powers era un chico de barrio irlandés que elegía el crimen porque era la única salida que le divertía. La película es célebre por una de las escenas más improvisadas y brutales de la historia: Cagney, harto de los reproches de su novia en la ficción (Mae Clarke), decidió estamparle un pomelo en plena cara. No estaba ensayado con esa fuerza, y la sorpresa que vemos en la actriz es absolutamente real. Aquel gesto convirtió a Cagney en el símbolo de la misoginia y la violencia cruda que el público, paradójicamente, empezó a adorar.
El ciclo se cerró de forma apoteósica con Scarface, el terror del hampa (1932), de Howard Hawks. Paul Muni, un actor de método antes de que el método existiera, interpretó a Tony Camonte con una cicatriz en la cara y una mirada de locura. Hawks, obsesionado con el ritmo, llenó la película de simbolismo: cada vez que alguien iba a morir, una "X" aparecía discretamente en el encuadre (en una cicatriz, en un cartel, en una sombra). Fue tan violenta para su tiempo que el productor Howard Hughes tuvo que pelear durante dos años contra los tribunales de censura para que se estrenara. En su clímax, Camonte se atrinchera bajo un cartel de neón que dice "El mundo es tuyo", una ironía visual que resume la esencia del género: el gánster puede tener el mundo a sus pies, pero siempre terminará solo, en un charco de sangre bajo la luz fría de la ciudad.
La delgada línea que separaba la ficción de la realidad: Se dice que el propio Al Capone quedó tan impresionado con la recreación de su vida que Howard Hawks había plasmado en Scarface que llegó a poseer una copia personal de la película. No solo eso; algunos cronistas de la época aseguran que el gánster envió a sus hombres al set de rodaje para «asesorar» a los guionistas y asegurarse de que el protagonista, Tony Camonte, tuviera el empaque adecuado. El hecho de que el criminal más buscado de América se viera reflejado -y orgulloso- en la pantalla, es la prueba definitiva de que estas películas eran el latido mismo de la calle.

Estas tres obras no solo fueron éxitos de taquilla; fueron espejos donde la sociedad de la Gran Depresión se miraba con una mezcla de horror y fascinación. Los gánsteres habían llegado para quedarse, y Hollywood acababa de descubrir que el crimen, si se rodaba con estilo, era el mejor negocio del mundo.

Este trienio contó con un sinfín de películas sobre gánsteres, a las mencionadas podemos añadir La senda del crimen (1930) de Archie Mayo, El código criminal (1930) de Howard Hawks, Dinero fácil (1931) de Alfred E. Green, o Las calles de la ciudad (1931) de Rouben Mamoulian, entre otras.

El Código Hays y la metamorfosis del criminal (1934-1940)

Todo este festín de violencia y tipos duros adorados por el público no iba a salirle gratis a Hollywood. Para 1934, los grupos religiosos y las ligas de la decencia habían presionado tanto que los estudios tuvieron que claudicar ante el Código Hays. Este estricto manual de censura prohibía, entre otras muchas cosas, que el criminal fuera visto como un héroe, que la policía pareciera estúpida o que los actos delictivos quedaran impunes. El cine de gánsteres no podía desaparecer, así que tuvo que mutar para sobrevivir.

La solución de los estudios fue ingeniosa: si no podías glorificar al delincuente, glorificarías al que lo perseguía. Así nació G-Men contra el imperio del crimen (G’Men, 1935), donde el mismísimo James Cagney se pasaba al lado de la ley para interpretar a un agente del FBI. Lo curioso es que la energía era la misma; Cagney seguía siendo un tipo duro y expeditivo, pero ahora llevaba una placa. El público seguía viendo ráfagas de ametralladora, pero con el sello de aprobación moral de la censura.
En este periodo de transición surge una película que merece una mención aparte: El enemigo público número 1 (Manhattan Melodrama, 1934), escrita por Joseph Leo Mankiewicz, dirigida por W. S. Van Dyke, y protagonizada por William Powell y Clark Gable
Más allá de su trama sobre dos amigos -dos huérfanos convertidos en hermanos al ser adoptados por el mismo benefactor- que eligen caminos opuestos (uno se hace fiscal y el otro gánster), la película entró en la leyenda negra por un hecho real. El gánster John Dillinger, el enemigo público número uno de la época, fue abatido por el FBI a la salida del Biograph Theater de Chicago. ¿Qué película acababa de ver? Precisamente Manhattan Melodrama. Parece que el destino quiso que Dillinger muriera mirando su propio reflejo cinematográfico.
En esa época, un nuevo rostro empezaba a asomar entre las sombras: Humphrey Bogart. En El bosque petrificado (The Petrified Forest, 1936) -dirigida por Archie Mayo-, Bogart dio vida a Duke Mantee, un asesino que huye de la ley y se atrinchera en una cafetería perdida en el desierto. A diferencia de los gánsteres enérgicos de principios de década, el Duke Mantee de Bogart es un hombre cansado, casi existencialista, que parece saber que su tiempo se ha acabado. Es aquí donde el gánster empieza a perder su armadura de invencible para convertirse en el antihéroe melancólico que definiría el cine negro de los años 40. Completan el reparto Leslie Howard y Bette Davis.
Esta evolución hacia un gánster más humano y acorralado continuó en 1937 con dos títulos clave. En Calle sin salida (Dead End), dirigida por William Wyler, el género se cruza con el drama social. Aquí, Humphrey Bogart interpreta a "Baby Face" Martin, un criminal que regresa a su antiguo barrio solo para descubrir que nadie lo quiere y que su madre lo desprecia. La película es fundamental porque desplaza el foco de la acción al entorno, sugiriendo que el gánster no nace, sino que se hace en la miseria de los suburbios.
Por su parte, Edward G. Robinson protagonizó El último gánster (The Last Gangster, 1937), una obra que abraza totalmente las exigencias del Código Hays. Robinson encarna a un capo que, tras pasar diez años en prisión, sale a un mundo donde ha perdido su poder y su familia. Ya no es el hombre de acción de Hampa dorada, sino un padre que busca el perdón, reforzando la idea moralizante de la época: el crimen no solo no paga, sino que destruye lo que más amas.
Este bloque de los años 30 se cerró con una obra que funcionó como un testamento nostálgico: Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939). Dirigida por Raoul Walsh, la película reúne a Cagney y Bogart en una crónica épica que resume toda la era de la Ley Seca. Es el cierre de una década de ruido y furia; una mirada atrás a un mundo de contrabando que ya estaba desapareciendo, dejando paso a una oscuridad mucho más madura y psicológica.
El fin de una era (1940-1950)

Si los años 30 fueron el estruendo de la ametralladora, las décadas siguientes fueron el eco amargo de los que sobrevivieron a la batalla. El primer gran aviso de este cambio llegó con El último refugio (High Sierra, 1941). Aquí, Humphrey Bogart se consagra definitivamente con el papel de "Mad Dog" Earle, un gánster que sale de la cárcel para encontrarse con un mundo que ya no comprende. Earle no es un animal sediento de sangre; es un hombre cansado y melancólico que busca una redención imposible en las montañas de Sierra Nevada. Dirigida por Raoul Walsh, la película es fundamental porque marca el paso del gánster de acción al antihéroe existencialista. Bogart ya no pelea por un imperio, pelea por su propia alma, y su destino final en los picos nevados es uno de los momentos más líricos y tristes del género.
Esta sensación de fin de ciclo se volvió asfixiante en Cayo Largo (Key Largo, 1948). En este duelo bajo la tormenta, Bogart ya no es el criminal, sino el veterano de guerra desencantado que debe enfrentarse al último vestigio del pasado: Johnny Rocco (interpretado por un magistral Edward G. Robinson). Rocco es un gánster anacrónico, un dinosaurio del hampa que intenta recuperar su relevancia en un hotel sitiado por un huracán. La película de John Huston funciona como una metáfora perfecta: el viejo gánster ya no tiene sitio en la sociedad de posguerra; es una reliquia violenta condenada a desaparecer entre las sombras del trópico.
James Cagney regresó en 1949 para recordarnos que el gánster también podía ser una pesadilla absoluta. En Al rojo vivo (White Heat), Cagney interpreta a Cody Jarrett, un criminal que ha perdido cualquier rastro de glamour para convertirse en un psicópata de manual. Lo que hace que esta obra de Walsh sea revolucionaria es su trasfondo psicológico: Jarrett sufre de migrañas terribles y tiene un complejo de Edipo patológico con su madre, la única persona en la que confía. La imagen final de Cagney, riendo histéricamente mientras el depósito de una refinería estalla bajo sus pies al grito de "¡En la cima del mundo, mamá!", es el clímax de una década que sustituyó el orden de la mafia por la locura del individuo.
Este ciclo biográfico del criminal llegaría a su fin con Al Capone (1959), de Richard Wilson, donde un soberbio Rod Steiger volvía a los orígenes para retratar la caída del mito, cerrando definitivamente la puerta de la Edad Dorada.
Tras este recorrido por el cine negro clásico de gánsteres se nos han grabado para siempre en nuestras retinas tres actores fundamentales del género: James Cagney, Edward G. Robinson y Humprey Bogart.

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