
Respeta los derechos de autor. Esta ilustración tiene copyright © Jose Fonollosa.
El último vuelo de la polilla
Fecha: 15 de marzo de 2026
Lugar: Bruselas, Bélgica / San Francisco, EE. UU.
Relatado por: Baptiste Vidal
¿Quieres saber por qué dejamos Bélgica? ¿Quieres saber por qué Julian ya no encaja un monóculo en su órbita y por qué mis nudillos han vuelto a estar permanentemente hinchados?
No fue por un robo elegante ni por un cadáver de sangre azul en una mansión. La noche que todo se fue al infierno no olía a café de Kenia; olía a queroseno, a cuero quemado y a derrota.
Habíamos estado siguiendo el rastro de una red de antigüedades -en la que estaba implicada una vieja conocida- que unía los salones de la aristocracia belga con los muelles podridos de San Francisco. Pero Irene Lupin decidió que ya se había divertido bastante con nosotros. No nos envió una carta de baraja esta vez; nos envió un incendio.
Aquella noche, al llegar a la calle de nuestro ático en Bruselas, nos detuvimos en seco. Las llamas lamían los ventanales con una voracidad obscena.
—Vidal —dijo Julian, mientras observábamos cómo su biblioteca se convertía en ceniza desde la acera de enfrente—, el orden es un lujo que ya no podemos permitirnos. Bruselas ha caído.
Entropía, por suerte, pudo escapar por los tejados. Nos encontró dos calles más allá, con el pelaje erizado y una muesca en la oreja que le daba un aire de callejera peligrosa. Ya no era la gata de exposición; era una superviviente.
—Nos vamos, señor —afirmé.
—Sí, Baptiste. Pero no es una huida. Vamos a la fuente del caos. Irene está en San Francisco, y allí la lógica no sirve de nada. Allí impera el plomo, no la seda.
La Metamorfosis
Cruzamos el Atlántico en un carguero oxidado, ocultos bajo nombres falsos y el ruido de las máquinas. Durante esas dos semanas de travesía, vi cómo Monsieur Florin se despojaba de su piel como una serpiente vieja. El detective esteta murió en algún punto del océano.
Julian guardó el monóculo de platino en el fondo de una caja de puros vacía. Se dejó una barba de varios días que le endureció la mandíbula y cambió el cachemir por una gabardina gruesa, áspera de salitre. Sus ojos de mercurio ahora se ocultaban bajo el ala de un sombrero de fieltro. Su elegancia lánguida se volvió un cinismo seco. Julian St. John Florin dejó paso a un hombre que ahora prefería un bourbon barato a un café servido a sesenta y ocho grados.
Yo también regresé a mis orígenes. Guardé el lenguaje ceremonioso junto con los guantes de seda. En San Francisco, un "mayordomo" es solo un blanco fácil. Volví a ser el Vidal de los muelles de Marsella: el que sabe pelear sucio cuando la razón se agota.
El desembarco: La Misión
Desembarcamos en un apartamento destartalado en el distrito de la Misión. La niebla de la bahía era tan espesa que podías masticarla. El aire apestaba a pescado frito, asfalto mojado y aceite de motor.
—¿Y ahora qué, Julian? —pregunté, viendo cómo Entropía se instalaba en el alféizar de una ventana que daba a un callejón donde la luz del sol nunca llegaba.
Él se apoyó en el marco de la puerta y, por primera vez en su vida, encendió un cigarrillo. El humo gris se fundió con la bruma de la habitación.
—Ahora, Vidal, dejamos de ser estetas para ser rastreadores —su voz ya no era seda, era grava—. Busca un local. Pon un cartel en la puerta: 'Florin & Vidal: Investigaciones'.
Entropía soltó un maullido ronco, un aviso de guerra. San Francisco no nos daría la bienvenida con una suscripción a una revista literaria; nos recibiría con un puñetazo en la boca. Y por primera vez, Julian parecía ansioso por devolverlo.
No fue por un robo elegante ni por un cadáver de sangre azul en una mansión. La noche que todo se fue al infierno no olía a café de Kenia; olía a queroseno, a cuero quemado y a derrota.
Habíamos estado siguiendo el rastro de una red de antigüedades -en la que estaba implicada una vieja conocida- que unía los salones de la aristocracia belga con los muelles podridos de San Francisco. Pero Irene Lupin decidió que ya se había divertido bastante con nosotros. No nos envió una carta de baraja esta vez; nos envió un incendio.
Aquella noche, al llegar a la calle de nuestro ático en Bruselas, nos detuvimos en seco. Las llamas lamían los ventanales con una voracidad obscena.
—Vidal —dijo Julian, mientras observábamos cómo su biblioteca se convertía en ceniza desde la acera de enfrente—, el orden es un lujo que ya no podemos permitirnos. Bruselas ha caído.
Entropía, por suerte, pudo escapar por los tejados. Nos encontró dos calles más allá, con el pelaje erizado y una muesca en la oreja que le daba un aire de callejera peligrosa. Ya no era la gata de exposición; era una superviviente.
—Nos vamos, señor —afirmé.
—Sí, Baptiste. Pero no es una huida. Vamos a la fuente del caos. Irene está en San Francisco, y allí la lógica no sirve de nada. Allí impera el plomo, no la seda.
La Metamorfosis
Cruzamos el Atlántico en un carguero oxidado, ocultos bajo nombres falsos y el ruido de las máquinas. Durante esas dos semanas de travesía, vi cómo Monsieur Florin se despojaba de su piel como una serpiente vieja. El detective esteta murió en algún punto del océano.
Julian guardó el monóculo de platino en el fondo de una caja de puros vacía. Se dejó una barba de varios días que le endureció la mandíbula y cambió el cachemir por una gabardina gruesa, áspera de salitre. Sus ojos de mercurio ahora se ocultaban bajo el ala de un sombrero de fieltro. Su elegancia lánguida se volvió un cinismo seco. Julian St. John Florin dejó paso a un hombre que ahora prefería un bourbon barato a un café servido a sesenta y ocho grados.
Yo también regresé a mis orígenes. Guardé el lenguaje ceremonioso junto con los guantes de seda. En San Francisco, un "mayordomo" es solo un blanco fácil. Volví a ser el Vidal de los muelles de Marsella: el que sabe pelear sucio cuando la razón se agota.
El desembarco: La Misión
Desembarcamos en un apartamento destartalado en el distrito de la Misión. La niebla de la bahía era tan espesa que podías masticarla. El aire apestaba a pescado frito, asfalto mojado y aceite de motor.
—¿Y ahora qué, Julian? —pregunté, viendo cómo Entropía se instalaba en el alféizar de una ventana que daba a un callejón donde la luz del sol nunca llegaba.
Él se apoyó en el marco de la puerta y, por primera vez en su vida, encendió un cigarrillo. El humo gris se fundió con la bruma de la habitación.
—Ahora, Vidal, dejamos de ser estetas para ser rastreadores —su voz ya no era seda, era grava—. Busca un local. Pon un cartel en la puerta: 'Florin & Vidal: Investigaciones'.
Entropía soltó un maullido ronco, un aviso de guerra. San Francisco no nos daría la bienvenida con una suscripción a una revista literaria; nos recibiría con un puñetazo en la boca. Y por primera vez, Julian parecía ansioso por devolverlo.
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