🕵🏻‍♂️ Cuentos de Asfalto y Niebla 2

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Respeta los derechos de autor. Esta ilustración tiene copyright © Jose Fonollosa.


Cuentos de Asfalto y Niebla 2

Historia 1: La moneda

Capítulo 2: El lenguaje de los muelles

Relatado en: 3ª persona

El apartamento de la Mission era un cuarto mal ventilado que olía a col hervida y a humedad. Julian estaba sentado frente a Mike. La única luz provenía de una bombilla desnuda que oscilaba sobre la mesa coja. Entropía estaba en un rincón, con los ojos fijos en el ratero como si fuera un ratón especialmente ruidoso.

-No lo entiende, Florin -dijo Mike, frotándose las manos temblorosas-. Esas cajas no son solo para antigüedades. Las usan para mover cosas que no aparecen en los libros de historia. 

Julian se inclinó hacia delante. La barba de tres días le daba un aspecto peligroso bajo la luz amarillenta. Jugaba con la moneda de plata, haciéndola bailar sobre sus nudillos con la destreza de un prestidigitador.

-Lo que yo entiendo, Mike, es que hay dos tipos en mi oficina con el cráneo roto y un casero que querrá una puerta nueva -su voz era un susurro áspero-. Háblame de la polilla. ¿Quién da las órdenes en el Muelle 41?

-Nadie ve al jefe -dijo Mike, bajando la voz-. Solo vemos a una mujer. Ella revisa los albaranes. Si algo falta, la gente desaparece en la bahía antes de que suba la marea.

Mientras tanto, en el Muelle 41, la niebla era tan espesa que Baptiste Vidal apenas era una silueta más entre los estibadores que terminaban el turno de tarde. Se había subido el cuello del chaquetón y se había calado la gorra de lana hasta las cejas. Se sentó en un fardo de cabos cerca de la entrada del almacén principal y encendió un cigarrillo con las manos ahuecadas para proteger la llama del viento del Pacífico.

Sus ojos, expertos en observar sin ser vistos, escrutaban el movimiento de las grúas. Vio tres camiones salir del recinto. Todos llevaban el mismo precinto de seguridad que Mike había descrito. Vidal no se acercó a los guardias. En lugar de eso, rodeó el perímetro hasta encontrar un punto ciego en la valla metálica.

Con la paciencia de un pescador, esperó a que el vigilante pasara de largo. Cuando lo hizo, Vidal se deslizó hacia una de las cajas de madera desechadas en el exterior. Con una navaja pequeña, raspó la madera de un palé lateral. Allí estaba: la marca de la polilla, grabada a fuego pero disimulada bajo una capa de brea fresca. Tomó nota mental de los números de registro y se retiró hacia las sombras de un callejón antes de que la linterna del guardia volviera a barrer la zona.

En el piso franco, Mike se había quedado en silencio tras un ataque de tos. Julian se levantó y caminó hacia la ventana, observando la calle a través de la persiana rota.

-Vidal estará ahora mismo contando cuántas polillas hay en ese panal, Mike -dijo Julian sin darse la vuelta-. Si no me dice dónde guardan el resto de la colección de Amberes antes de que él vuelva, no podré protegerle cuando los dueños de esa marca vengan a por lo que es suyo.

-En el almacén B-12... -sollozó Mike-. Pero está vigilado por algo más que matones. Tienen perros... y algo más. Algo que no hace ruido.

En ese momento, Entropía saltó al alféizar de la ventana y soltó un maullido de alerta, un sonido ronco y vibrante. Julian miró hacia abajo. Un sedán negro acababa de aparcar frente al edificio, apagando las luces de inmediato.

-¿Cómo diablos nos han encontrado? -dijo Julian, con voz gélida-. ¡La moneda!

Julian dejó la moneda sobre la mesa y observó a Entropía. La gata no miraba a Mike; miraba la moneda con las orejas gachas. Julian tomó un vaso de agua y lo volcó sobre ella. En el canto de la plata, un minúsculo punto rojo parpadeó una sola vez antes de apagarse.

-Maldita sea -masculló Julian-. No es solo un transmisor pasivo. Nos han seguido hasta aquí, Mike. Y no ha sido por mi cara bonita.

-Mike, métete debajo de la cama -ordenó Julian, sacando su propia arma del cinturón-. Han venido a recuperar su juguete.

Julian apagó la bombilla de un manotazo. La habitación quedó sumergida en una oscuridad solo rota por los ojos verdes de Entropía, que ya se había posado sobre el marco de la puerta, lista para saltar.

Continuará…

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