
Respeta los derechos de autor. Esta ilustración tiene copyright © Jose Fonollosa.
Cuentos de Asfalto y Niebla 1
Historia 1: La moneda
Capítulo 1: Una moneda de plata y un mal presentimiento
Relatado en: 3ª persona
El despacho que habían podido encontrar, en la calle Turk, era una caja de zapatos con olor a tabaco rancio. Julian estaba sentado, su cuerpo inclinado sobre una mesa de madera astillada, anotando datos en un cuaderno de espiral con las tapas dobladas.
—He tirado del hilo de la naviera Étoile, Vidal —dijo Julian sin levantar la vista del papel—. Cambiaron su nombre a Pacific Crest el mismo día de marzo que nuestro ático en Bruselas desapareció. Ahora suministran piezas de repuesto a media bahía de San Francisco. Están moviendo su capital bajo una capa de burocracia legal.
Baptiste acababa de entrar y estaba apoyado contra la pared, junto a la ventana. Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices de su época en Marsella, jugueteaban con una moneda de diez centavos.
—Yo estuve en los muelles —respondió Vidal—. Un contacto de Marsella me dijo que ha visto descargar contenedores sin sello de aduanas que vienen de Amberes.
Entropía, con su oreja cortada y el pelaje algo encrespado por el frío de la oficina, dio un salto desde el archivador metálico. Se quedó rígida frente a la puerta, emitiendo un gruñido sordo. Alguien llamó. Tres golpes secos, metálicos.
El pomo giró y un hombre entró a trompicones. Era un hombre pequeño y de hombros caídos. Llevaba un traje barato empapado por la niebla de San Francisco.
—Me han dicho que ustedes son Florin y Vidal —dijo el hombre, jadeando. Miró hacia atrás antes de cerrar la puerta—. Me llamo Mike. Trabajo en el muelle 41.
Julian no se movió.
—Cierre la puerta, Mike. El aire de la calle es gratis, pero el de esta oficina cuesta dinero —dijo Julian. Su voz era seca, desprovista de la antigua musicalidad francesa.
Mike puso un sobre sobre la mesa. Estaba manchado de grasa de motor. —Hay cincuenta dólares ahí. Es todo lo que tengo. He encontrado algo en una caja que venía de Amberes. Unas cajas con una marca... una polilla.
Vidal se tensó. Julian alargó una mano de dedos finos y extrajo una moneda del sobre. Era una moneda romano de plata. La giró entre los dedos. Entropía saltó a la mesa con un movimiento elástico y olisqueó el metal, soltó un bufido bajo y retrocedió, erizando el lomo.
—La gata tiene buen olfato —observó Julian, dejando la moneda sobre la mesa—. No es solo plata. Hay un microtransmisor en el borde. Quien sea que enviara esta moneda quería que la robaran. Quería rastrear al ladrón.
—Me están siguiendo —susurró Mike, mirando la ventana—. Unos tipos con acento extranjero. No son de la zona.
Julian se puso en pie. Se puso la gabardina y se colocó el sombrero de fieltro, calándoselo hasta las cejas.
—Vidal, saca al señor por la escalera de incendios. Llévalo al apartamento. Que no asome la nariz
—¿Y usted, jefe? —preguntó Vidal, sacando una mano del bolsillo. El puño estaba cerrado.
—Voy a esperar a nuestros invitados.
Vidal agarró a Mike por el brazo y lo arrastró hacia la parte trasera. Poco después la puerta principal de la oficina voló por los aires, arrancada de sus bisagras por una patada.
Dos hombres con impermeables oscuros y rostros inexpresivos entraron en la estancia. No sacaron pistolas; sacaron porras de plomo forradas de cuero. Entropía desapareció entre las sombras de las estanterías.
Julian no retrocedió. Se mantuvo tras la mesa, con la mano derecha oculta bajo la solapa de su gabardina.
—Caballeros —dijo Julian con una sonrisa helada—, estas no son formas de entrar.
Uno de los hombres se lanzó hacia delante. En ese instante, Entropía saltó desde la oscuridad directamente a la cara del agresor, con las garras desplegadas. El hombre soltó un alarido mientras Julian sacaba la mano de la gabardina, pero no con un arma, sino con el pesado cenicero de cristal de la mesa, estrellándolo contra la sien del segundo atacante.
Cuando el silencio regresó a la oficina, Julian recogió un papel que se le había caído a uno de los hombres. Era un albarán de transporte con destino a una galería de arte en Nob Hill. En el reverso, una sola palabra escrita a mano con tinta violeta: "Recuperadlo".
Julian dobló el papel y miró a Entropía, que se lamía una zarpa ensangrentada.
Continuará…
—He tirado del hilo de la naviera Étoile, Vidal —dijo Julian sin levantar la vista del papel—. Cambiaron su nombre a Pacific Crest el mismo día de marzo que nuestro ático en Bruselas desapareció. Ahora suministran piezas de repuesto a media bahía de San Francisco. Están moviendo su capital bajo una capa de burocracia legal.
Baptiste acababa de entrar y estaba apoyado contra la pared, junto a la ventana. Sus manos, grandes y marcadas por cicatrices de su época en Marsella, jugueteaban con una moneda de diez centavos.
—Yo estuve en los muelles —respondió Vidal—. Un contacto de Marsella me dijo que ha visto descargar contenedores sin sello de aduanas que vienen de Amberes.
Entropía, con su oreja cortada y el pelaje algo encrespado por el frío de la oficina, dio un salto desde el archivador metálico. Se quedó rígida frente a la puerta, emitiendo un gruñido sordo. Alguien llamó. Tres golpes secos, metálicos.
El pomo giró y un hombre entró a trompicones. Era un hombre pequeño y de hombros caídos. Llevaba un traje barato empapado por la niebla de San Francisco.
—Me han dicho que ustedes son Florin y Vidal —dijo el hombre, jadeando. Miró hacia atrás antes de cerrar la puerta—. Me llamo Mike. Trabajo en el muelle 41.
Julian no se movió.
—Cierre la puerta, Mike. El aire de la calle es gratis, pero el de esta oficina cuesta dinero —dijo Julian. Su voz era seca, desprovista de la antigua musicalidad francesa.
Mike puso un sobre sobre la mesa. Estaba manchado de grasa de motor. —Hay cincuenta dólares ahí. Es todo lo que tengo. He encontrado algo en una caja que venía de Amberes. Unas cajas con una marca... una polilla.
Vidal se tensó. Julian alargó una mano de dedos finos y extrajo una moneda del sobre. Era una moneda romano de plata. La giró entre los dedos. Entropía saltó a la mesa con un movimiento elástico y olisqueó el metal, soltó un bufido bajo y retrocedió, erizando el lomo.
—La gata tiene buen olfato —observó Julian, dejando la moneda sobre la mesa—. No es solo plata. Hay un microtransmisor en el borde. Quien sea que enviara esta moneda quería que la robaran. Quería rastrear al ladrón.
—Me están siguiendo —susurró Mike, mirando la ventana—. Unos tipos con acento extranjero. No son de la zona.
Julian se puso en pie. Se puso la gabardina y se colocó el sombrero de fieltro, calándoselo hasta las cejas.
—Vidal, saca al señor por la escalera de incendios. Llévalo al apartamento. Que no asome la nariz
—¿Y usted, jefe? —preguntó Vidal, sacando una mano del bolsillo. El puño estaba cerrado.
—Voy a esperar a nuestros invitados.
Vidal agarró a Mike por el brazo y lo arrastró hacia la parte trasera. Poco después la puerta principal de la oficina voló por los aires, arrancada de sus bisagras por una patada.
Dos hombres con impermeables oscuros y rostros inexpresivos entraron en la estancia. No sacaron pistolas; sacaron porras de plomo forradas de cuero. Entropía desapareció entre las sombras de las estanterías.
Julian no retrocedió. Se mantuvo tras la mesa, con la mano derecha oculta bajo la solapa de su gabardina.
—Caballeros —dijo Julian con una sonrisa helada—, estas no son formas de entrar.
Uno de los hombres se lanzó hacia delante. En ese instante, Entropía saltó desde la oscuridad directamente a la cara del agresor, con las garras desplegadas. El hombre soltó un alarido mientras Julian sacaba la mano de la gabardina, pero no con un arma, sino con el pesado cenicero de cristal de la mesa, estrellándolo contra la sien del segundo atacante.
Cuando el silencio regresó a la oficina, Julian recogió un papel que se le había caído a uno de los hombres. Era un albarán de transporte con destino a una galería de arte en Nob Hill. En el reverso, una sola palabra escrita a mano con tinta violeta: "Recuperadlo".
Julian dobló el papel y miró a Entropía, que se lamía una zarpa ensangrentada.
Continuará…
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