🕵️‍♂️ Los casos de Julian 5

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Respeta los derechos de autor. Esta ilustración tiene copyright © Jose Fonollosa.


Crónicas de Seda y Plomo
5: Muerte en el ático de cristal

Fecha: 14 de junio de 2024

Lugar: Milán, Italia

Relatado por: Baptiste Vidal

Hoy, mientras revisaba la seguridad de nuestra red aquí en Bélgica, mi mente ha regresado inevitablemente a Milán. Fue en el sofocante verano de 2024. Estábamos allí porque Julian se había encaprichado con unos zapatos de autor, pero terminamos en el ático de cristal de Lorenzo «Lolo» V., un influencer de moda con millones de seguidores.

Lolo retransmitía un directo de Instagram, repantingado en su sofá de cuero blanco ante una audiencia de diez mil personas. De pronto, la imagen sufrió un microcorte; al restablecerse, Lolo seguía allí, sonriendo y asintiendo con una naturalidad ensayada, pero algo en su elocuencia se había quebrado. En la pantalla, el chat era un hervidero de dudas: «¿Se ha colgado?», «¿Lolo, estás bien?».

Cuando llegamos, el cuerpo de Lolo seguía en el sofá de cuero blanco. El inspector Conti, un viejo conocido de Julian, se nos acercó con una tableta en la mano y cara de no entender nada.

—Julian, esto es imposible —dijo Conti—. Lolo estaba emitiendo un directo. Tenemos a diez mil personas mirando la pantalla. En el vídeo se le ve sentado, sonriendo, y de repente el directo se corta. Cuando el técnico entró segundos después, Lolo ya estaba muerto, estrangulado en esa misma posición. Pero en el vídeo no se ve entrar a nadie. Nadie cruza el salón. Es como si un fantasma lo hubiera matado frente a todo el mundo sin aparecer en cámara.

Julian no respondió de inmediato. Cogió la tableta y volvió a reproducir la grabación de ese directo mientras Entropía, nuestra gata, se sentaba sobre la mesa. Ella no miraba a los policías; sus ojos amarillos estaban fijos en la pantalla. De pronto, soltó un bufido y lanzó un zarpazo al cristal, justo donde se veía un gran reloj de pared detrás de Lolo.

—Conti —dijo Julian señalando el punto que la gata acababa de marcar—, el asesino no es invisible, es que ha usado un truco. Mira el segundero del reloj en el fondo del vídeo. Justo en el minuto cinco, cuando se nota un microcorte, el reloj retrocede y permanece congelado, pero Lolo sigue ahí, moviéndose ligeramente.

Julian se levantó, caminó hasta el reloj de la pared y consultó su propio reloj de pulsera.
—Mira, Baptiste. El reloj de la pared marca la hora exacta actual, segundo a segundo. No se ha quedado sin pila ni tiene la cuerda pasada. Lo que vemos en el vídeo no es un fallo mecánico; es que el fondo del vídeo es una imagen congelada. Alguien activó un bucle para ocultar lo que pasaba de verdad en el salón.

—¿Y quién tiene la llave del sistema para hacer algo así? —preguntó Conti, mirando fijamente a Pietro, el técnico.

Pietro dio un paso atrás, temblando bajo la acusación.
—¡Yo no he sido! ¡Se lo juro! Estaba en el sótano... —empezó a decir, pero se detuvo en seco, mirando con angustia a Giulia, la representante de Lolo.

—Pietro, mientes —sentenció Julian—. Solo tú sabes cómo puentear la señal de la cámara.

—¡Está bien! ¿Podemos hablar en privado? —estalló Pietro finalmente—. No estaba en el sótano arreglando nada. Mantenía una relación a escondidas con Giulia desde hacía meses. Lo llevábamos en el más absoluto secreto porque Lolo era un tirano; no permitía relaciones sentimentales entre sus empleados y nos habría despedido en el acto. Aproveché que Lolo iba a estar ocupado una hora con el directo para escabullirme a su despacho y estar con ella. Por eso no había nadie vigilando los servidores. Pero juro que yo no lo maté.

Julian habló unos minutos a solas con Giulia, quien confirmó la historia entre lágrimas. El técnico tenía una coartada sólida: estaba con ella en la otra punta del ático. Julian regresó junto a mí y nos alejamos unos pasos para hablar en voz baja.

—Vidal, esto es una trampa dentro de otra trampa —murmuró Julian—. Pietro y Giulia creen que nadie sabía de su romance, pero alguien los observaba. Alguien que conocía sus horarios y sus debilidades. Ese alguien esperó a que Pietro abandonara su puesto para activar el bucle desde un terminal remoto, entrar aquí y matar a Lolo.

—Pero, ¿quién más en esta casa tiene conocimientos para manipular un servidor de vídeo? —pregunté.

Julian se giró lentamente hacia Sandro, el fotógrafo, que permanecía en un rincón revisando su equipo digital en silencio.

—Dígame, Sandro —dijo Julian con voz gélida—, ¿cuántas veces ha tenido que retocar las fotos de Lolo porque él nunca estaba satisfecho? ¿Cuántas horas ha pasado en la sala de edición dominando el software de imagen de esta casa?

Sandro levantó la vista, pálido.
—Yo solo soy el fotógrafo. Yo no toco los servidores.

—Eso no creo que sea cierto —replicó Julian—. Para enviar sus archivos de alta resolución, usted usa la misma red de alta velocidad que el técnico. Ayer, usted instaló un acceso remoto en el sistema, sabiendo que hoy Pietro dejaría su puesto para verse con Giulia. Usted activó el bucle de vídeo desde su propia cámara, entró en el salón, estranguló a Lolo con un cable de sus propios focos y volvió a su sitio. Pensó que, al ser Pietro el experto oficial, todas las sospechas recaerían sobre él.

Sandro intentó protestar, pero Julian señaló su tableta profesional.
—Inspector Conti, revise el historial de conexión de esa tableta. Encontrará el comando que congeló la imagen. Sandro no solo quería matar a Lolo por el desprecio con el que lo trataba; quería destruir a Pietro por envidia, usando su relación secreta como el cebo perfecto.

La lógica de Julian fue el golpe final. Sandro bajó la cabeza mientras la policía le confiscaba el equipo informático. Había diseñado el crimen digital perfecto, pero olvidó que la realidad física siempre deja un rastro.

Abandonamos Milán al amanecer. Julian mascullaba indignado que el asesino era un genio de la edición, pero un pésimo estratega. Yo, en cambio, solo pensaba en que, por mucho que la tecnología intente ocultar la verdad, el instinto de una gata, un segundero quieto y una coartada siempre acaban revelando al culpable.

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