
Respeta los derechos de autor. Esta ilustración tiene copyright © Jose Fonollosa.
Crónicas de Seda y Plomo
3: El Enigma del Faraón Desaparecido
Fecha: 10 de agosto de 2021
Lugar: A bordo del "S.S. Atenea", Mar Mediterráneo
Relatado por: Baptiste Vidal
El verano de 2021, Julian decidió que necesitábamos unas "merecidas vacaciones". Acabamos en un crucero de lujo por el Mediterráneo: Egipto, Israel, islas griegas... Todo muy glamuroso, pero ya sabes mi opinión sobre los sitios con demasiada gente rica por metro cuadrado.
El ambiente era artificialmente perfecto, hasta la noche después de salir de Haifa. El conservador de arte del barco, un tipo nervioso llamado Pierre, apareció histérico en el salón principal. Alguien había robado la pieza central de su exposición a bordo: un escarabajo sagrado de lapislázuli del Imperio Nuevo, prestado por un coleccionista privado. Un objeto pequeño, pero invaluable.
El barco se convirtió en un manicomio flotante. Julian, por supuesto, no pudo resistirse. Entropía, su gata, salió de nuestro camarote con ese aire de superioridad que la caracteriza y nos siguió hasta la sala de exposiciones.
—Baptiste —me dijo Julian con esos ojos gris mercurio, observando la vitrina vacía—. Ningún ladrón ha podido salir del barco. Nos será fácil averiguar quien ha sido.
El escarabajo estaba en una vitrina de alta seguridad que solo podía abrirse con un código que solo Pierre y el capitán tenían. Al abrirla, la alarma no había sonado; el sistema simplemente no registró la apertura.
En la zona se encontraban los sospechosos habituales: Lady Beatrice, una coleccionista rival que había discutido con Pierre en Egipto; el Sr. Nakamura, un magnate que se quejaba del precio de las antigüedades; y la joven Sarah, la asistente de Pierre, que estaba ordenando catálogos cerca de la entrada. ¿Y el Dr. Elias, el arqueólogo? Según Sarah, él acababa de subir a cubierta para "tomar el aire" tras discutir con Pierre.
Julian no miró la vitrina. Se fijó en Entropía. La gata se había detenido en seco cerca de la entrada, con el lomo arqueado y las orejas hacia atrás, emitiendo un bufido sordo hacia Lady Beatrice, que observaba la escena a unos pocos metros.
—Curioso —murmuró Julian—. Entropía odia el caviar barato, pero lo que realmente detesta son los ultrasonidos.
Julian sacó su teléfono móvil y frunció el ceño al mirar la pantalla. Me acerqué para ver: no tenía cobertura, pero no era por falta de señal en alta mar. El icono de Wi-Fi y Bluetooth parpadeaba erráticamente antes de quedar tachado.
—Vidal, el ladrón no ha usado fuerza bruta —sentenció Julian—. Ha usado tecnología de interferencia. Un inhibidor de frecuencias lo suficientemente potente como para "cegar" los sensores inalámbricos de la vitrina y, de paso, irritar los oídos de mi gata.
Para mí, la conexión fue automática: Recordé al Dr. Elias.
—¡Es Elias! —dije—. Sarah dijo que estaba arriba, en la cubierta superior. Es el sitio perfecto para manipular las señales del barco o deshacerse de un dispositivo electrónico por la borda.
Corrimos a buscar al arqueólogo y lo interceptamos entrando en su camarote. El hombre estaba sudoroso y nervioso, con los puños de la camisa y el pantalón salpicados de agua.
—¡Lo tenemos! —exclamé—.
Pero Julian se quedó mirando los zapatos del doctor, que estaban secos, y luego volvió a mirar su teléfono, que ahora recuperaba la señal mágicamente al alejarnos del salón.
Registramos el camarote por insistencia mía, pero no había rastro del escarabajo.
—Baptiste —dijo Julian con un suspiro—, el Dr. Elias es un pedante, pero su única tecnología es una pluma estilográfica. Mira a Lady Beatrice. ¿No te resulta curioso que no se separe de ese abanico electrónico de mano y que lleve ese pesado pañuelo de seda cuando la brisa del salón es perfecta?
Regresamos al salón. Entropía volvió a erizarse y a bufar en cuanto nos acercamos a la dama.
—Lady Beatrice —dijo Julian con una cortesía peligrosa—, usted no es una coleccionista, es una ladrona de guante blanco. El dispositivo oculto en su abanico creó un "agujero negro" electrónico alrededor de la vitrina. Mientras el sensor de apertura intentaba enviar la señal de alerta por radiofrecuencia a la seguridad del barco, su inhibidor lo bloqueaba. Por eso la alarma nunca sonó.
La dama palideció e intentó señalar al Dr. Elias, insistiendo en que era el único que se había ido y la prueba de que él había estado manipulando algo en el exterior.
—El doctor salió a tomar el aire —añadió Julian—. Pero usted olvidó un detalle: los inhibidores de frecuencia de bolsillo emiten un zumbido de alta frecuencia que los humanos no oímos, pero que vuelve locos a los gatos. Entropía la señaló desde el primer minuto.
—¿Y dónde está el escarabajo? —preguntó el capitán, que acababa de llegar.
Julian señaló el pañuelo de seda que Lady Beatrice apretaba contra su bolso.
—Lo lleva envuelto ahí. La seda es perfecta para amortiguar cualquier vibración del inhibidor y evitar que el lapislázuli sufra daños.
La registraron y, efectivamente, allí estaba la joya. Lady Beatrice había planeado un robo tecnológico impecable, pero no contaba con la sensibilidad acústica de una gata ni con un detective que vigila sus barras de cobertura.
Salimos a cubierta, donde la brisa del Mediterráneo nos pegaba en la cara. Julian se quejó de que el caviar del bufé no estaba a la temperatura adecuada. Yo solo pensaba que, por muy "vacaciones" que sean, mientras alguien lleve un gadget prohibido y una gata esté cerca para delatarlo, la paz no durará mucho.
El ambiente era artificialmente perfecto, hasta la noche después de salir de Haifa. El conservador de arte del barco, un tipo nervioso llamado Pierre, apareció histérico en el salón principal. Alguien había robado la pieza central de su exposición a bordo: un escarabajo sagrado de lapislázuli del Imperio Nuevo, prestado por un coleccionista privado. Un objeto pequeño, pero invaluable.
El barco se convirtió en un manicomio flotante. Julian, por supuesto, no pudo resistirse. Entropía, su gata, salió de nuestro camarote con ese aire de superioridad que la caracteriza y nos siguió hasta la sala de exposiciones.
—Baptiste —me dijo Julian con esos ojos gris mercurio, observando la vitrina vacía—. Ningún ladrón ha podido salir del barco. Nos será fácil averiguar quien ha sido.
El escarabajo estaba en una vitrina de alta seguridad que solo podía abrirse con un código que solo Pierre y el capitán tenían. Al abrirla, la alarma no había sonado; el sistema simplemente no registró la apertura.
En la zona se encontraban los sospechosos habituales: Lady Beatrice, una coleccionista rival que había discutido con Pierre en Egipto; el Sr. Nakamura, un magnate que se quejaba del precio de las antigüedades; y la joven Sarah, la asistente de Pierre, que estaba ordenando catálogos cerca de la entrada. ¿Y el Dr. Elias, el arqueólogo? Según Sarah, él acababa de subir a cubierta para "tomar el aire" tras discutir con Pierre.
Julian no miró la vitrina. Se fijó en Entropía. La gata se había detenido en seco cerca de la entrada, con el lomo arqueado y las orejas hacia atrás, emitiendo un bufido sordo hacia Lady Beatrice, que observaba la escena a unos pocos metros.
—Curioso —murmuró Julian—. Entropía odia el caviar barato, pero lo que realmente detesta son los ultrasonidos.
Julian sacó su teléfono móvil y frunció el ceño al mirar la pantalla. Me acerqué para ver: no tenía cobertura, pero no era por falta de señal en alta mar. El icono de Wi-Fi y Bluetooth parpadeaba erráticamente antes de quedar tachado.
—Vidal, el ladrón no ha usado fuerza bruta —sentenció Julian—. Ha usado tecnología de interferencia. Un inhibidor de frecuencias lo suficientemente potente como para "cegar" los sensores inalámbricos de la vitrina y, de paso, irritar los oídos de mi gata.
Para mí, la conexión fue automática: Recordé al Dr. Elias.
—¡Es Elias! —dije—. Sarah dijo que estaba arriba, en la cubierta superior. Es el sitio perfecto para manipular las señales del barco o deshacerse de un dispositivo electrónico por la borda.
Corrimos a buscar al arqueólogo y lo interceptamos entrando en su camarote. El hombre estaba sudoroso y nervioso, con los puños de la camisa y el pantalón salpicados de agua.
—¡Lo tenemos! —exclamé—.
Pero Julian se quedó mirando los zapatos del doctor, que estaban secos, y luego volvió a mirar su teléfono, que ahora recuperaba la señal mágicamente al alejarnos del salón.
Registramos el camarote por insistencia mía, pero no había rastro del escarabajo.
—Baptiste —dijo Julian con un suspiro—, el Dr. Elias es un pedante, pero su única tecnología es una pluma estilográfica. Mira a Lady Beatrice. ¿No te resulta curioso que no se separe de ese abanico electrónico de mano y que lleve ese pesado pañuelo de seda cuando la brisa del salón es perfecta?
Regresamos al salón. Entropía volvió a erizarse y a bufar en cuanto nos acercamos a la dama.
—Lady Beatrice —dijo Julian con una cortesía peligrosa—, usted no es una coleccionista, es una ladrona de guante blanco. El dispositivo oculto en su abanico creó un "agujero negro" electrónico alrededor de la vitrina. Mientras el sensor de apertura intentaba enviar la señal de alerta por radiofrecuencia a la seguridad del barco, su inhibidor lo bloqueaba. Por eso la alarma nunca sonó.
La dama palideció e intentó señalar al Dr. Elias, insistiendo en que era el único que se había ido y la prueba de que él había estado manipulando algo en el exterior.
—El doctor salió a tomar el aire —añadió Julian—. Pero usted olvidó un detalle: los inhibidores de frecuencia de bolsillo emiten un zumbido de alta frecuencia que los humanos no oímos, pero que vuelve locos a los gatos. Entropía la señaló desde el primer minuto.
—¿Y dónde está el escarabajo? —preguntó el capitán, que acababa de llegar.
Julian señaló el pañuelo de seda que Lady Beatrice apretaba contra su bolso.
—Lo lleva envuelto ahí. La seda es perfecta para amortiguar cualquier vibración del inhibidor y evitar que el lapislázuli sufra daños.
La registraron y, efectivamente, allí estaba la joya. Lady Beatrice había planeado un robo tecnológico impecable, pero no contaba con la sensibilidad acústica de una gata ni con un detective que vigila sus barras de cobertura.
Salimos a cubierta, donde la brisa del Mediterráneo nos pegaba en la cara. Julian se quejó de que el caviar del bufé no estaba a la temperatura adecuada. Yo solo pensaba que, por muy "vacaciones" que sean, mientras alguien lleve un gadget prohibido y una gata esté cerca para delatarlo, la paz no durará mucho.
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